La producción de peras y manzanas en los valles de Río Negro y Neuquén enfrenta su mayor crisis en los últimos 40 años. La falta de políticas de apoyo y financiamiento pone en riesgo la continuidad de los pequeños y medianos productores, quienes advierten que, sin una intervención estatal urgente, la actividad podría colapsar definitivamente.
La región, considerada históricamente un pulmón productivo del país, se desarrolló gracias a las obras del ingeniero italiano César Cipolletti, quien impulsó el sistema de riego y drenaje que permitió convertir un desierto en un valle fértil de más de 150 kilómetros de extensión. Durante su época de mayor esplendor, la producción llegó a alcanzar las 2 millones de toneladas de frutas, consolidando a la zona como una de las más importantes del país en términos agroindustriales.
Sin embargo, la falta de medidas de sostenimiento ha llevado a un proceso de abandono de tierras bajo riego, fenómeno que se ha acentuado en los últimos 12 años. La imposibilidad de diversificar la producción y la crisis de rentabilidad han forzado a muchos productores a dejar sus chacras, generando una drástica reducción en la actividad frutícola.
Ante esta situación, el sector reclama una intervención inmediata del Gobierno Nacional, en conjunto con las autoridades provinciales de Río Negro y Neuquén. Sin un plan de salvataje, advierten que la desaparición de los productores será inminente, lo que afectará gravemente no solo la producción frutícola, sino también la economía regional y el empleo en la zona.
El desafío radica en la toma de decisiones políticas que garanticen la sostenibilidad del sector y la recuperación de las tierras productivas bajo riego. La urgencia de esta crisis demanda acciones concretas para evitar que un siglo de esfuerzo y desarrollo se pierda en el abandono y la inacción.